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ZOOLOGÍA. La zoología fue una de las aficiones científicas que mayor impronta dejó en la pintura de Aurelio. Su obra recoge una rica iconografía animal, heredera de una tradición que admiraba especialmente en sus manifestaciones más seminales, desde las pinturas rupestres de Altamira o las asturianas de Candamo o hasta el arte medieval y el popular.

Como sucede con estos y otros temas recurrentes, buena parte del universo aureliano puede recorrerse transversalmente siguiendo el hilo de sus representaciones zoomorfas. El resultado es un bestiario en el que la fauna aparece plasmada desde muy distintos puntos de vista y opciones plásticas. En muchos casos, Aurelio mantiene un anclaje en el realismo, aunque sus animales hayan sido pintados con la libertad imaginativa de un iluminador de códices, el titubeante naturalismo de la pintura bajomedieval o el sesgo fabuloso del viajero o el explorador que llena un cuaderno de campo con imágenes más fabuladas que documentadas.

En otras ocasiones, Aurelio pinta híbridos y quimeras en los que entremezcla formas zoológicas, botánicas y humanas. Aun cuando el predominio formal suele ser de las primeras, lo más exacto sería decir que es el ser humano el que aparece animalizado en ellas, puesto que Aurelio asume plenamente, aunque pasado por un filtro contemporáneo y no narrativo, toda la tradición de la fábula, la sátira, la caricatura o el emblema moral que gusta de asociar conductas humanas a figuras zoológicas. Desde ese punto de vista y también desde su visión naturalista del mundo, en el que el ser humano es uno más en el orden de la naturaleza, parece complacerse en mostrar con afán crítico la proximidad, o incluso la asimilación entre lo humano y lo animal, fustigando cualquier tipo de soberbia humanista. A veces lo zoomorfo, sobre todo cuando se trata de mamíferos, suministra un soporte más o menos alegorizante (como en 697. Tranquilidad, 1948, con ese opulento cerdo coronado como un obsceno rey del Carnaval); en otras, Aurelio bautiza a sus bestias con nomenclaturas que parodian las de Linneo (2130. Fernandum jorobadus, 1961; 2108. Pepapepe melancólica, 1961; 2103. Comeleluga vulgaris, 1961). Mención aparte merecen dos animales: los patéticos y torturados toros de las tauromaquias de Aurelio –feroces críticas contra la crueldad de la fiesta taurina– y el pez, rúbrica y marca distintiva del aurelianismo.

La vertiente más imaginativa y subyugante de este bestiario aureliano aparece en lo que podríamos llamar su xenobiología, su personal catálogo de seres, muchos de ellos con formas animales, que comparecen como habitantes de mundos distantes aunque en realidad provengan del mundo, infinitamente más cercano y más lejano, de la imaginación de un pintor.

 

Juan Carlos Gea Martín