Textos

YO. En su entrevista con José María Alín (La Nueva España, 1959), Aurelio afirma: “Yo pinto lo que siento. Tú sabes que en todo hombre hay dos hombres: el interior y el exterior. Y aquí, en mi pintura, es el interior el que se vuelca. El pintor debe expresar su yo por la pintura y solamente por la pintura, lo demás no tiene importancia”.

Semejante descripción resulta llamativa por la presencia de dos conceptos que aparecen vinculados en ella –“sentimiento” y “expresión del yo”– y que, por lo general, no se cuentan entre los más relacionados con una obra como la aureliana, que se considera por lo común fuertemente poética pero no convencionalmente lírica, y mucho menos sentimental. Con su insistencia en esta y otras entrevistas en el carácter “mental”, “cerebral”, “pensado”, “calculado” y en la referencia a las “ideas” o al contenido “mental” de su obra Aurelio mismo puso las distancias respecto a cualquier concepción de su pintura excesivamente lastrada hacia el sentimentalismo o la efusión expresiva. En ese contexto de cautelas, es seguramente la irrupción de ese “yo pinto lo que siento” lo que más desconcierta en estas declaraciones.

Sin embargo, las palabras de Aurelio no ofrecen el menor problema si esa frase se interpreta menos en términos de expresión de la intimidad sentimental que de soberanía, de autenticidad; y sobre todo si ese “yo” que se expresa en y mediante la pintura se conceptúa menos como núcleo de la identidad personal y sujeto de emociones como –en una concepción más cartesiana o bien aproximadamente psicoanalítica– sujeto intelectual o instancia consciente, integradora, operativa y mediadora entre los estratos más profundos del psiquismo y el mundo exterior. Un yo no identitario ni emocional, sino ordenador, funcional, capaz de poner orden en el hervidero del subconsciente o de la imaginación, y de sentar las condiciones rigurosas para la expresión de todo ese maremágnum interior en forma de pintura.

Esto significa que el “hombre interior” también es y se manifiesta como “yo” en sus productos puramente mentales y en su traducción o representación sensible a través de la pintura. Como el Dante del Canzionere, Aurelio puede pensar que “quien ha de pintar una figura, si no puede convertirse en ella no puede dibujarla”, pero que también es necesario el camino contrario: convertir la figura en parte de uno mismo para poder pintarla. El “yo” aureliano es ese “hombre interior” que absorbe imágenes reales, construye imágenes mentales y “se vuelca” con absoluta pasión y dedicación (bien que muy ordenadamente, controlando lo que en otro sitio llamó su “entusiasmo”) con y en la pintura como efecto de una pressio interna que se dirige (ex-) hacia afuera; y puede ser también un concepto equivalente a lo que, en otros momentos, Aurelio conceptualiza metonímicamente como “cerebral” o adjetiva como “mental”. En puridad etimológica esa actividad ya equivale a ex-presarse, sin necesidad de que quien se expresa se vuelque entero en su intimidad. Tampoco implica que exhiba sus emociones privadas ni de que lo haga de una manera especialmente gesticulante, impúdica o efusiva.

Otra forma de entender ese “yo” se anuda al sujeto biográfico, una instancia cambiante y dinámica que consiste en lo que le va aconteciendo a lo largo de su existencia, lo que va viendo, escuchando, experimentando, recolectando y reconfigurando, en la sucesión de sus estados. Lo que la pintura aureliana tiene de work in progress, de diario, de relato continuamente enriquecido por la vida exterior e interior de su autor encaja especialmente bien en esta otra forma de concebir el “yo” como proceso que a la vez integra creativamente la experiencia (que para su atención ávida debía de constituir un permanente bombeo de imágenes, vivencias, datos de toda naturaleza) y que se construye a sí mismo en esa actividad integradora. Muy en particular, cuando la concentra en forma de pintura.

Una última cuestión, relacionada con este aspecto del yo que se va creando a sí mismo al compás de su creación artística, plantea en otra dirección el modo en que el “hombre interior” y su expresión mediante la pintura pueden contribuir a la configuración del “hombre exterior”, a la construcción de la imagen pública y social como hombre y como artista. Ese “hombre exterior” ya no tiene por qué identificarse exactamente con el “yo” interior, sino que se construye más bien una segunda identidad (un personaje o quizás antipersonaje en el caso de Aurelio) que se homologa con las características de su pintura: un personaje múltiple y complejo, compuesto incluso por muchos “yoes”, que los deja entrever en la desconcertante diversidad de sus obras, y que habla, de vuelta, de rasgos muy profundos del “hombre interior”. Es posible que en ese contexto deba interpretarse la observación realizada por el pintor gijonés Melquíades Álvarez: “Yo creo que era un pintor en lucha con varios pintores que llevaba dentro, que su pintura es una pelea entre los distintos ‘yoes’ de un pintor que debía ser estéticamente muy receptivo, muy permeable”.

YUXTAPOSICIÓN. La yuxtaposición fue uno de los recursos predilectos de la poética surrealista. Según el célebre y fundacional dictamen de Lautréamont («Bello como el encuentro casual de una máquina de coser y un paraguas sobre una mesa de operaciones»), los artistas surrealistas, y antes de ellos la pintura metafísica italiana o el dadaísmo, buscaron el impacto estético y el desajuste crítico de los conceptos asentados de realidad mediante la reunión en espacios neutros de seres y objetos, mejor cuanto más dispares y cotidianos, combinados en extrañas conjunciones que generan la realidad alternativa de la obra según el modelo del sueño o del delirio.

Aurelio también recurrió profusamente a este procedimiento a lo largo de toda su obra y lo hizo a veces con intenciones afines a las del surrealismo; pero su posición fue, por así decirlo, pre-surrealista, pre-modernista incluso. En su uso de la yuxtaposición como recurso principal de la imaginación creadora, y a pesar de su complexión urbana y su cultura, su posición fue más bien la de un meticuloso forjador de mundos más próximo al del anónimo creador de mitologías que al culturalmente hipertrofiado y a menudo cínico artista moderno. Con un ojo permanentemente puesto en la naturaleza y sus procesos, hibridó en el interior de sus cuadros seres, espacios, técnicas e incluso poéticas en pos de ese fin. Incluso la cuidadosa organización de su obra como un conjunto, en sus distintos niveles (formatos, series, géneros, estilos y enfoques...), recurrió a la yuxtaposición como método para multiplicar sus interpretaciones y sus sentidos.

 

Juan Carlos Gea Martín