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QUIMERA. Aurelio fue un pintor de quimeras y un pintor quimérico. En el primer sentido, y haciendo un uso plenamente extensivo del concepto de quimera que se corresponde con el que también emplea la moderna genética, su pintura rebosa seres mixtos, híbridos, biologías bastardas compuestas por fragmentos de criaturas distintas y de distintos órdenes naturales en las que un mismo ser presenta injertos de lo humano, lo animal, lo vegetal y lo mineral, lo angelical o lo diabólico, con efectos que van desde la monstruosidad grotesca hasta la poesía más delicada, el simbolismo o la sátira. El bestiario aureliano, como los medievales, abunda en estas criaturas que, en su concepto genérico, constituyen todas ellas el mejor emblema de su imaginación, en la medida en la que esta facultad resulta ser, ante todo, un arte y una libertad de la combinatoria, que en este caso amplía al infinito el censo de la zoología y la botánica reales.

En vez de recurrir, como es habitual a lo largo de la tradición pictórica, al repertorio de las mitologías clásicas o preclásicas y sus animales fabulosos, tan estrictamente codificado, Aurelio prefirió ensamblar sus propias criaturas y asignarles un simbolismo privado que las más de las veces permanece esquivo, cuando no absolutamente hermético para el espectador. Hibridó seres vivos de cualquier nivel taxonómico (Ictiófagos, 1944); humanos con todo tipo de animales y plantas (63. Hombrefoca, 1946; Noche de frío espeso, 1954; Lepidóptero, 1962; Teleósteo, 1962; La muerte de Eva, 1943*; Máscara diez, 1975*; Hombre pájaro comiendo su alpiste, 1976*; Aureliopulpo pintor, 1978*); seres vivos y objetos artificiales (Río abajo, 1983*) e incluso rompió los planos espaciales para unificar las figuras con porciones de su entorno (Anochecer de cálido verano, 1954, o buena parte de los bocetos de Mundo onírico, 3500/3599, en los que los seres configuran arquitecturas y el paisaje mismo llega a mostrarse como un ser individualizado y animado).

Como casi siempre en Aurelio, los atributos que definen una parte de su pintura pueden aplicarse, ampliados y en un sentido mucho más sutil y profundo (y a menudo paradójico) al conjunto de toda ella. Porque, en este caso concreto, además de pintar estas quimeras particulares, toda la obra aureliana resulta ser quimérica en sí misma, conforme a la acepción convencional del término, en cuanto que colosal producto de la imaginación... con una importante salvedad, que deroga el matiz negativo que envuelve esta palabra. En Aurelio, lo quimérico no resulta inalcanzable por el hecho de ser imaginativo; todo lo contrario: es la imaginación la que, a través de su plasmación plástica, permite la verosímil concreción de la quimera en pintura. Todo el trabajo de Aurelio consiste en una terca y metódica tarea de captura y registro de lo que el resto de los mortales solemos dar por inapresable; y el mero hecho de dedicar lo mejor de una vida entera a esa tarea y la ingente obra que de esa dedicación se deriva dejan una lección no solo artística, sino profundamente ética: la prueba de que el acto de perseguir quimeras no aboca siempre a la frustración ni al fracaso.

 

Juan Carlos Gea Martín