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NATURALEZA. Su actitud personal y la irradiación del espíritu de su tiempo impidieron a Aurelio mirar la naturaleza a la manera en que lo hubiera hecho un pintor clásico; es decir: como un motivo externo destinado a su reproducción más o menos fiel a través de la obra de arte, y como tema o argumento para la transmisión de ciertas ideas, pensamientos o emociones a través de sus formas convencionalmente reconocibles. Pero, a pesar de ello, la naturaleza tuvo una presencia capital en su pintura.

La afición de Aurelio por las ciencias y el disfrute cotidiano de la poderosa vecindad del medio natural –la costa cantábrica y los montes que circundaban la ciudad y que él paseaba a diario sin abandonar su condición de hombre urbano– se trasladaron con intensidad a su obra. Toda ella puede ser vista como un peculiar tipo de atlas de la naturaleza, como un voluminoso catálogo de criaturas y objetos que, o bien pertenecen en origen a la esfera de lo natural (animales, plantas, rocas, órganos, astros) o bien son representados como si formasen parte de ella (así, en la naturalización de las arquitecturas, como en Doña Mosca Verde, 1978*).

Aunque su declarada poética del “pintar ideas” parece plantear en sí misma un dualismo entre lo natural y lo mental en el que primaría la atención hacia esta última esfera, esa frontera no existe en Aurelio: la naturaleza es experimentada como una fuente inagotable de experiencias que incitan, por la fuerza de su mera existencia, a ser procesadas imaginativa y simbólicamente; y el hombre se diluye a su vez en la naturaleza como una parte de ella, una escala más en el gran continuo que une microcosmos y macrocosmos, que vincula de modo incesante generación, muerte y regeneración. Es más: es ahí, no en los artificios de su ser social, donde Aurelio parece percibir la auténtica condición humana.

El talante racionalista y cientificista de Aurelio no estaba reñido con la transformación de las regularidades de la naturaleza en otro tipo de regularidades dentro del peculiar universo de su pintura. En ella, el orden natural se traspone en otro tipo de orden, regido por relaciones que bien pueden evocar lo que la historia del pensamiento ha descrito como estadios precientíficos de la conceptualización del mundo. Sus obras sugieren patrones de descripción de un universo próximos, por ejemplo, a lo que René Berthelot bautizó como “astrobiología”, un estadio de pensamiento propio de las primeras sociedades agrícolas y sedentarias en las que el orden matemático celeste y el orden biológico terrestre se homologan e interpenetran, de manera que “todo es a la vez organismo y orden exacto”, generando “una biología de los astros y una astronomía de los seres vivos”.

 

Juan Carlos Gea Martín