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LLUVIA. Cuando la mayor parte de una vida transcurre en una ciudad como Gijón, el agua –la del mar Cantábrico o la que cae del cielo en las diversas manifestaciones de la lluvia– acaba por formar parte, de un modo u otro, del mundo interior e incluso del carácter. Aurelio no fue una excepción a esta determinación. Desde lo más anecdótico y externo de su conducta cotidiana hasta algunos de los aspectos más característicos de su obra, la lluvia tiene parte en su paisaje biográfico y artístico.

Como todos los asturianos, Aurelio usó el paraguas casi como una prótesis, un adminículo permanente del propio cuerpo que se lleva con naturalidad casi a diario, y más en unos tiempos en los que, según es lugar común en Gijón, “llovía mucho más”. El paraguas era atributo de la estampa de paseante urbano de Aurelio tanto como las gruesas americanas que gustaba de usar, y de ello dejan testimonio fotografías como una tomada hacia 1995 en la que aparece caminando por la calle de Rodríguez Sampedro, frente al muelle de Fomento y muy cerca de las proximidades de su domicilio en Marqués de San Esteban.

No pocos pintores asturianos, desde los costumbristas del XIX hasta Pelayo Ortega, han representado a menudo el paraguas al trasladar, en un registro u otro, la realidad diaria de esta tierra a sus pinturas; sin llegar a convertirlo en leitmotiv, Aurelio también lo representó con cierta frecuencia en su obra: desde la estilizada figura de aspecto vegetal que se ha protegido de la lluvia bajo una estructura con forma de hoja en Escampó, 1934* o el diminuto paraguas con que una figura jocosa se encara con el chaparrón en un gouache sin fecha y título, hasta representaciones más realistas, en distintos contextos, en 280. Lluvia, 1946; 966. Horizonte perdido, 1949; 1200. Paragüera, 1951 o el melancólico y evocador 1228. Recuerdo de tu ausencia, 1951.

Una presencia mucho más indirecta y sutil de la lluvia podría estar en su presentimiento en muchos de los celajes grises y cubiertos que se ciñen sobre los paisajes aurelianos, sobre todo en los más realistas y basados precisamente en panoramas de su ciudad natal (Gijón infantil, 1931*; Calle Capua, 1931*; Cabo de Torres, sin fecha*; 203. Muelle de Fomento (Gijón), 1944). También los efectos sobre el entorno podrían apelar a la lluvia –a un tipo de lluvia mucho menos real– en los paisajes surreales y metafísicos de Aurelio, que muchas veces, como en el citado Escampó, parecen paisajes-después-de-la-lluvia y en otros casos presentan la suavidad de contornos, el desgaste y la melancolía de un territorio sobre el que llueve a menudo o en el que la tormenta ha provocado inundaciones y avenidas, llevándoselo casi todo por delante y desnudándolo así de accidentes y objetos.

 

Juan Carlos Gea Martín