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KAFKIANO. ¿Qué puede tener lo aureliano de kafkiano? ¿Existen concomitancias entre ambos creadores? Más que de inflar interpretaciones literarias a partir de un autor cuyas obras estaban, por otra parte, en la biblioteca del pintor, se trata con esa comparación de reforzar a la luz de Kafka la consideración de Aurelio como artista singular y, a la vez, representativo de su tiempo (el de la modernidad posvanguardista), en la medida en la que Kafka y su legado se pueden considerar la expresión más genuina de esos dos atributos.

De entrada, ambos fueron conscientes de su singularidad y de una vocación radical que exigía independencia, soledad e integridad, entrega diaria y vitalicia en pos de un trabajo infinito cuya necesidad se justificaba por sí misma y no por reconocimientos externos. Kafka escribió a Grete Bloch, “cada uno tiene su propia forma de elevarse; la mía consiste en escribir”; Aurelio podría haber permutado perfectamente este último verbo por “pintar”. Y, como sucedió en Kafka, en Aurelio esa actitud y el modo un tanto ascético, semisecreto y ritualizado en que la desarrolló en una suerte de doble vida, más auténtica que su vida “pública”, fundieron de modo indistinguible experiencia, biografía y obra.

Por lo que respecta a los métodos, Aurelio partió, como Kafka, de una casi enfermiza sensibilidad hacia las minucias de la experiencia urbana, no en busca de una mímesis realista sino del vértigo y la extrañeza que pueden llegar a abrirse en esas modestas realidades; y, a partir de ahí, y con un método afín en su concepto profundo (“conducir lo casual a lo forzoso”, explicó Kafka a Gustav Janouch) y similar disciplina, ambos acertaron insertar lo mítico en lo cotidiano, lo simbólico en lo insignificante, lo eterno en lo minúsculo y lo impersonalmente trascendente en lo individualmente vivido. La imagen de Aurelio volcado sobre sus útiles de pintura cada noche en la cocina de su casa tiene mucho de kafkiano; de ese Kafka que necesitaba sumergirse, abstraerse “como un muerto” en sus papeles y cuadernos nocturnos. Del mismo modo, es profundamente kafkiano el gusto por el pequeño formato, lo fragmentario y lo recurrente, lo misterioso y entreabierto a una miríada de sentidos.

Con todo, persisten importantes diferencias. Su autoconciencia como artista llegó, para Kafka, a asimilarse a una condena, mientras que Aurelio la vivió con jovialidad un tanto pueril y desafiante. Frente al sufrimiento del praguense, tan robusto como su constancia, el gijonés siempre exhibió una plena confianza en sí mismo y sus recursos. Y, por otra parte, Aurelio partió de lo cotidiano pero lo recombinó imaginativamente para construir otros mundos, mientras que Kafka, casi siempre, se prohibió rigurosamente cualquier efusión imaginativa. Con todo, no cabe duda de que Odradek o Gregor Samsa se hubiesen encontrado a sus anchas en ciertos interiores de Aurelio.

 

Juan Carlos Gea Martín