Exposición en la Galería Durero

BOCETOS, segunda exposición individual en la galería Durero –desde el fallecimiento de Aurelio Suárez, junto con la de 2004, Pinturas– patrocinada por La Nueva España, del 2 de junio al 9 de julio de 2005, y el catálogo sobre la misma, nos mostraron 39 bocetos, representando cada uno de ellos a las treinta y nueve carpetas pintadas por Aurelio Suárez, en las llamadas series, así como una descripción de la estructura de las mismas y detalles sobre los propios bocetos. Este recorrido, aunque puntual y escueto, nos abrió una nueva visión y conocimiento sobre el Mundo aureliano a través de uno de sus característicos formatos, los bocetos.

 

 

MÁS HISTORIA, MENOS LEYENDA

En la leyenda, tanto más cuanto más cargada de simbolismo o de misterio, lo que se sabe y se ve es menos importante que lo oculto, que al final suele ser lo que cuenta aunque por lo común permanezca circunscrito a un exiguo círculo de iniciados. Y viceversa: cuanto mayor es ese depósito de ocultación, más rumorosa y perdurable resulta ser la leyenda. Por el contrario, cuando se hace historia lo que cuenta es lo efectivamente visto y conocido y el modo sistemático y público en que es visto y conocido. De ahí que la presente y excepcional muestra de Aurelio Suárez que se enorgullece de presentar la galería Durero con patrocinio de La Nueva España pueda considerarse como una aportación relevante para el fin de una leyenda y una línea más de claridad en una historia de la que queda mucho por saber y difundir: la leyenda y la historia de uno de los pintores más fascinantes de la contemporaneidad española

Hasta el presente la obra de Aurelio Suárez había podido disfrutarse en las escasas exposiciones individuales realizadas por el artista –que cesaron 42 años antes de su muerte en 2003–, en ocasionales muestras colectivas, a través de su pequeña pero sustanciosa representación en el Museo de Bellas Artes de Asturias y, ya tras su muerte, en una reciente monográfica, Mundo onírico, que exhibía por vez primera una de las series de bocetos aurelianos casi en su totalidad. Atisbos, en cualquier caso; visiones fragmentarias, poco documentadas, dispersas y puede que incluso irrepetibles de lo que el propio artista rotuló como aurelianismo, un ingente legado artístico cuyo prestigio guarda, paradójicamente, relación directa con su hermetismo. O, por pintarlo con el halo legendario que impregna casi todo lo que rodea a Aurelio Suárez, un enorme iceberg cuya deriva solo se avista de cuando en cuando y cuya masa sumergida hay que reconstruir mediante algunas catas azarosas o por lo que cuentan los happy few que han podido contemplar directamente una u otra parte de esa mole submarina.

Ello aclara por sí solo la excepcionalidad de la presente muestra, la primera que ofrece al público una panorámica ordenada, sistemática y exhaustiva de los bocetos aurelianos, uno de sus tres formatos característicos junto a los óleos y los gouaches: 39 obras, cronológicamente ordenadas, que representan la totalidad de cada una de las 39 carpetas de bocetos que el pintor ejecutó a lo largo de un arco temporal que abarca los años comprendidos entre 1927 y 1992, fechas en las que firmó el primer y el último boceto conocidos, respectivamente. Toda una vida artística. Completan la exposición algunos vestigios de atelier (una plantilla para el corte del papel de los bocetos o la carpeta de la última de las series aurelianas) y la reproducción de un extraordinario fragmento que encierra toda una poética; un exiguo pero contundente manifiesto que el pintor incluyó en un gouache de 1934, Crono pictórico, y que viene a fijar, desde el interior de la propia pintura y en un muy aureliano juego de intercambio o fusión de realidades, dos reflexiones angulares sobre su quehacer.

El texto, una carta sostenida por un reloj en cuyo final se hace irrumpir al espectador, fija una posición digamos «de época», un punto de partida histórico que Aurelio Suárez tiene en común con los pintores de su tiempo y que asume como propio, ubicándose a esta parte de una tradición que ya no encuentra sentido al realismo en pintura. Es el territorio de las vanguardias, que comparten la convicción de que el afán por reproducir la realidad mediante el lenguaje pictórico es absurdo después de la invención de la fotografía: «y te diré», comunica el firmante, «Aurelio Suárez», al destinatario de la carta, «que la máquina fotográfica, ha hecho de la pintura realista, ‘algo’ inútil y sin razón de ser».  La segunda declaración ya no es una posición de época, sino rigurosamente personal. La que define, ya en 1934, el lugar que Aurelio Suárez ha decidido ocupar en el vasto panorama de posibilidades que se abrió con la abolición del realismo pictórico. Ese exiguo manifiesto aureliano ya no forma parte del cuerpo de la carta, sino que es una posdata, y por su construcción en imperativo hace pensar en un consejo o una enseñanza que se transmite a otro pintor, quizá un pintor tan joven como el propio Aurelio en 1934. El consejo es contundente: «Pinta lo que quieras y como quieras». No escuelas, no manifiestos, no tendencias, no sujeciones a ningún pontificado ni a ningún fin, no ya extrapictórico, sino ajeno a la propia voluntad y a la propia decisión. Un radical anarquismo artístico.

Los 39 bocetos que, vistos desde esas palabras, gravitan en torno a ellas, vienen a demostrar que esa declaración de libertarismo artístico no están dichas a humo de pajas. Aurelio Suárez pintó toda su vida lo que quiso y como quiso. Pero también manifiestan que supo cómo hacerlo, con rigor, sistematicidad, una apasionada entrega diaria al trabajo y una capacidad asombrosa, aún por sondear y descodificar, para fundir en los pequeños formatos en los que trabajó una relación con cierta tradición pictórica, con cierta pintura de vanguardia, con las vivencias del día a día en un tiempo duro y en una ciudad de provincias, con una curiosidad que supo sacar tesoros de esa veta vital tan aparentemente modesta, y con una capacidad imaginativa que no dejará de causar pasmo a quien se asome a ella.

Por eso, con abrir nuevos claros documentales sobre el mundo aureliano, lo más importante de esta muestra es quizá el modo en que ofrece una oportunidad inédita de asomarse a la apabullante diversidad de los registros creativos de Aurelio Suárez, exonerando al público en buena parte del acto de fe que hasta el momento tenía que profesar hacia el aurelianismo, y confirmar al tiempo el que quizá sea el rasgo que confirma la genialidad del pintor: la coherente, disciplinada e insobornable libertad que unifica a través de una vida entera de trabajo las efusiones de un mundo vertiginosamente diverso. Mucho más de lo que muchos nos esperábamos. Por decirlo de alguna manera, el espectador dispone ante él de 39 puertas abiertas a cada una de las disparejas regiones, a veces disparejas incluso internamente, de un universo en el que no funcionan o no sirven muchas de las categorías utilizadas para compartimentar, clasificar o describir una obra artística.

O al menos, hay que hacerlas más generosas de modo que asuman la convivencia bajo la misma autoría y bajo los mismos principios plásticos de bocetos que se acercan a un realismo suavemente alegórico o francamente costumbrista junto a otros que se aventuran en el territorio del sueño o del delirio; bocetos que juegan desembarazadamente con la pura geometría, el ritmo o el color junto a otros que comprimen en el mínimo espacio la máxima cantidad de simbolismos, es decir, de signos cargados de tradición; bocetos entregados al gozo de la figura humana junto a otros que detallan, con la misma placentera minuciosidad, la anatomía de seres grotescos y fabulosos, o bocetos que aplican toda la alquimia del arte a transubstanciar o comentar en la distancia la realidad más parda y de trapillo –la del día a día del artista que ha elegido también ser un discreto menestral en una ciudad de provincias– junto a otros que, por el camino inverso, intentan abrir brechas alucinadas o visionarias en la percepción habitual de la realidad. Da vértigo, claro. De algún modo, el reto que plantea Aurelio Suárez como pintor es equiparable al que Fernando Pessoa lanzó en su momento en el terreno de la poesía. Solo que sin la cortesía de unos cuantos heterónimos o identidades fabuladas que permitiesen, al menos, compartimentar de algún modo el desconcierto que provoca este jardín superpoblado que contiene en algún sitio las complejas leyes de su coherencia.

Significativamente, todo lo antedicho se anuncia bajo la efigie de un autorretrato –para ser exactos, y no perder el matiz de complejidad y socarronería puramente aurelianos, una Autocaricatura de 1947– con el perfil de uno de los hombres que más se resistió a ofrecerlo a una cámara y, por extensión, a cualquier tipo de publicidad. Esa efigie viene a ser casi un emblema de una exposición que contribuye tanto a esclarecer, a hacer literalmente historia, como a seguir contribuyendo a la leyenda. Solo que desplazándola, y con ella el misterio, hacia donde realmente laten: no en la persona ni en el personaje, sino en una obra que desde hoy conocemos, por fortuna, más y mejor.

 

JUAN CARLOS GEA MARTÍN

        Abril de 2005

Catálogo exposición

2512. ESTO ES UN SABIO OXIGENANDOSE, 1965.

Gouache, tinta china y lápiz sobre papel. 170 x 230 mm

Carpetas para guardar bocetos. (Sin título), fechas desconocidas. Tinta sobre cartón. 250 x 180 mm

Plantilla (plástico semirrígido) para corte del papel de los «Bocetos»

Medida: 17 x 23 cm

  Bibliografía Y HEMEROGRAFÍA:

VV.AA.: Aurelio Suárez. Bocetos. Gijón, (Galería Durero), 2005. Patrocinado por La Nueva España.

VV. AA.: Aurelio Suárez. Aureliopedia. Gijón, (Gonzalo J. Suárez Pomeda), 2014.

La Nueva España: 1.5.2005; 22.5.2005; 3.6.2005; 11.7.2005.